29 de noviembre de 2002
Mukesh Kapila
Representante Especial del Secretario General para el VIH/SIDA,
Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja
En el barrio de Mabopane, un suburbio de Pretoria, la capital de Sudáfrica, todos conocen a “Tiíta Elizabeth”. Esta mujer de 37 años, sin ayuda alguna, cría a los cinco hijos de su hermana que murió de sida en 2003. Uno de ellos vive con el VIH.
Elizabeth se ocupa sola de cuidar de los cinco niños que, de no ser así, hubieran tenido que desenvolverse por sí mismos. La familia se apiña en un garaje pues no dispone de un lugar mejor donde vivir. Sin embargo, la dificultad más penosa es que viven aislados, pues los vecinos les desprecian e impiden que los más pequeños jueguen con sus hijos. Consideran que es “demasiado riesgoso”.
La situación de Tiíta Elizabeth dista de ser una excepción y, precisamente, ese es el problema. Hay miles de niños que viven sin ningún adulto, privados de todo contacto familiar porque el sida diezmó la familia extendida. En muchos casos, los niños más grandes tuvieron que abandonar los estudios para ocuparse de los más chicos. Las niñas son particularmente vulnerables al ser presa fácil de quienes tratan de comprar su virginidad ya sea para curarse del sida o por otros motivos igualmente erróneos. Eso es lo que, trágicamente, les prometieron algunos charlatanes que se las dan de curanderos y cobran por sus servicios.
Esa es la realidad del VIH. África meridional –donde más de 12 millones de personas viven con el VIH y 860.000 son niños menores de 14 años– se ve duramente aquejada por la pandemia. Se prevé que en 2010, el número de niños huérfanos a causa del sida se habrá duplicado en esta región.
Si bien es cierto que África meridional es la región más castigada, el resto del continente también se ve seriamente afectado. A menudo se cometen graves quebrantamientos de los derechos humanos, incluida la violencia contra las mujeres: no sólo la violación de niñas y mujeres en situaciones de conflicto armado sino también otros actos de violencia sexual o de género cuya prevalencia es alta en la mayoría de los contextos domésticos y comunitarios.
Ahora bien, África no tiene el monopolio del sufrimiento en lo que se refiere al VIH. La vulnerabilidad de mujeres y niñas puede ser igualmente atroz en otras regiones, reflejo de factores socioculturales y de la desigualdad entre hombre y mujeres que sigue imperando. Esto último sucede incluso en partes del mundo más prósperas como América Latina y el Caribe donde en las últimas décadas las mujeres accedieron a niveles más altos de instrucción y son económicamente activas. Aun así, las desigualdades por razones de género persisten y la pandemia del VIH se feminiza cada vez más.
Lo mismo ocurre en Asia y Europa, sobre todo, en Europa oriental. La ignorancia sigue siendo una de las fuerzas motrices de la infección. En las ex repúblicas soviéticas, muchos jóvenes no consideran que el VIH sea una cuestión que les concierne. Mientras tanto, cada día hay mujeres que dan a luz bebés seropositivos.
En los últimos años, se avanzó en lo que respecta a aumentar la disponibilidad de tratamientos antirretrovirales para quienes viven como el VIH. Esa tendencia es alentadora pero, en cierta medida, el acceso seguro al tratamiento sigue siendo una lotería. Los esfuerzos de la sociedad civil deben combinarse con aquellos de las organizaciones de personas que viven con el VIH para exigir que los gobiernos ofrezcan una disponibilidad más amplia y más coherente. No obstante, cabe señalar que el tratamiento no es la panacea para la epidemia. Es indispensable reactivar la prevención primaria y la clave para ello es una mayor inclusión de los sectores actualmente estigmatizados y marginados de la comunidad.
Debemos ampliar la acción en todos los frentes. De ahí que, el año pasado, pusiéramos en marcha la Alianza Mundial de la Cruz Roja y la Media Luna Roja contra el VIH/SIDA cuyo objetivo es haber duplicado nuestros programas sobre el VIH a fines de 2010. Unas 50 de nuestras 183 Sociedades Nacionales se alistaron activamente para “hacer más y mejor” tanto en lo que respecta a combatir el VIH –mediante prevención, tratamiento, asistencia y apoyo– como a abordar el estigma y la discriminación. Todo eso lo hacen ampliando las actividades de divulgación por conducto de nuestra red de miembros y voluntarios de las comunidades quienes, de hecho, asumen la responsabilidad y el liderazgo de esta labor.
Un ejemplo concreto es el proyecto Filles Libres (Chicas Libres) de la Cruz Roja Camerunesa, destinado a uno de los grupos más vulnerables y estigmatizados: las mujeres que venden sexo. Voluntarios de la Cruz Roja se ponen en contacto con ellas –que en mucho casos recurren a la prostitución como medio de subsistencia– y les alientan a protegerse y a hacerse voluntariamente el examen de detección. También hacen lo mismo con los clientes de las trabajadoras del sexo. Esta campaña sólo puede llevarse a cabo porque entre nuestros voluntarios hay mujeres que provienen del mismo contexto social que dichas trabajadoras, hablan su mismo lenguaje, comprenden los problemas a los que se enfrentan y llegan a confiar unas en otras. Esa confianza es esencial para romper el círculo vicioso de la infección: relaciones sexuales pagas y sin protección, infección de la esposa cuando el “cliente” vuelve a su casa y transmisión del virus de madre a hijo.
Este ejemplo ilustra los retos que se plantean a diario en la labor sobre el VIH: combatir el prejuicio y el estigma; reforzar los mensajes de prevención y ayudar a la gente que está viviendo o muriendo con el VIH sin olvidar los factores subyacentes de la vulnerabilidad personal y social. El punto es que no hay sustituto posible: las comunidades deben tomar las riendas de su propio destino y forjarse un futuro mejor. Se trata de una tarea a largo plazo que exige un compromiso permanente y no hay atajo que valga.
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